
No recuerdo apenas nada de mi infancia, pero sí recuerdo una casa donde el orden era importante. Los fines de semana se hacía limpieza general. Mi madre enseñaba orgullosa mi armario, ordenado por tamaños y colores. Creo que ahí empezó todo: aprendí que mi valor estaba en cumplir, hacerlo todo perfecto, no molestar.
En casa a veces me llamaban “Rafalito”, un apelativo cariñoso ligado a mi padre. Durante años pensé que quizá hubieran querido un chico, así que actuaba como uno. Sin darme cuenta me alejaba un poco más de mí.
Nunca supe qué quería ser de mayor. Nunca. Mientras mi hermana perseguía sus sueños… A mí solo se me ocurría decir que quería ser rica. La primera vez hizo gracia. Luego la frase quedó grabada a fuego: “Si no estudias serás carne de cañón”. Y me lo creí. Me lo creí tanto que años después caí en una depresión por no “ser nadie”.
Salté de un trabajo a otro. Siempre empezaba con ilusión. Era valorada por mi pasión y esfuerzo porque siempre daba más de lo que correspondía para demostrar que valía. Y, siempre, en algún punto, me aburría y tenía que cambiar de trabajo. Y cada vez que me iba de uno sentía que estaba fallando a alguien.
Durante años mantuve una aparente normalidad: pareja estable, trabajos decentes, una vida correcta; una infelicidad escondida. Sufrí depresiones. Crisis de ansiedad. Crisis de identidad… “La noche oscura del alma” la llaman. Me quedé en lugares que me aterraban solo para no decepcionar. Y mientras tanto, yo desaparecía.
A los 30, mientras estudiaba unas oposiciones que no quería, la vida me dio una oportunidad. Monté un negocio casi sin esfuerzo, no era lo más glamuroso, pero me sentía feliz. Por primera vez me sentía yo. Viva. Útil. Presente. Hasta que tomé la decisión de cambiar de vida y de ciudad.
…y el vacío regresó. La caída fue profunda. De esas de las que no se sale con ganas. La sensación de no encajar en ningún sitio, de no valer para nada, de “no ser nadie”. Cuando llegas a pensar que no importa si te mueres, sabes que has ido demasiado lejos.
Paré.
No porque supiera qué hacer, sino porque ya no podía seguir viviendo así.
Estaba cansada de sentirme insuficiente y fuera de lugar. Cansada de pensar que el problema era yo.
La aromaterapia llegó sin buscarla. Luego el reiki. Y entonces llegaron la calma, la claridad y la conexión conmigo misma.
No fue radical ni mágico. Fue un camino lento, sutil. Incluso diría que incómodo.
Empecé a tomar decisiones y poner límites con menos culpa. Me permití estudiar algo que siempre había considerado “una tontería”. Sin apenas ingresos, me gasté mis ahorros en un curso de astrología psicológica. Fue como abrir una puerta que llevaba años cerrada.
Comprender por qué había vivido ciertos procesos, por qué era tan exigente conmigo misma, de dónde nacía esa sensación de no encajar o cuál era el motivo por el que no conseguía sostener ningún empleo: Había pasado la vida intentando vivir una vida que no era la mía.
Por eso hoy camino junto a mujeres que no saben cuál es su propósito, que se sienten perdidas, insuficientes o fuera de lugar. Mujeres agotadas de justificarse y de adaptarse para encajar en una sociedad que no las representa.
No tengo todas las respuestas, pero conozco bien ese lugar.
Sé lo que es no encajar, no sostener, no entender qué te pasa.
No voy a decirte quién eres ni qué tienes que hacer. Pero si quieres, caminaré contigo mientras lo descubres.
Si sientes que este puede ser tu lugar, puedes quedarte cerca. La newsletter es el espacio donde comparto el proceso y lo que va naciendo.